Conexión México: el papel secreto de Israel en la defensa de Singapur

Helicópteros del ejército de Singapur sobrevuelan la ciudad el 9 de agosto, día de la independencia

Singapur estaba solo. Era 1965 y acababan de expulsarlo de la Federación de Malasia, a la que había entrado a formar parte tan solo dos años antes, por las tensiones raciales que había despertado su comunidad china en el resto del país. La ruptura no había sido amistosa y Lee Kuan Yew, Primer Ministro de la ciudad-Estado y artífice principal de la creación del Singapur que conocemos hoy, temía que los malasios más radicales decidiesen tomar su país por la fuerza. No hubiera sido difícil; Singapur apenas tenía infraestructura y a duras penas hubiera podido hacer frente a una invasión territorial.

Haciendo uso del buen juicio que siempre le caracterizó, Lee decidió formar un ejército para defender las fronteras del pequeño territorio que los ingleses habían dejado en sus manos en 1963. Sin grandes militares entre sus conciudadanos, el “padre de la Patria” buscó apoyo entre sus amigos del extranjero. Escribió a Shastri, Primer Ministro de la India, y a Nasser, presidente egipcio, pidiéndoles que se hicieran cargo de la formación de las tropas de Singapur. Pero ninguno aceptó. Ni uno ni otro estaban dispuestos a tensar la cuerda con Malasia. Los indios por su cercanía geográfica, y los egipcios por solidaridad con los líderes musulmanes del país. Todo lo más que dieron a Lee fue una palmadita en la espalda en forma de sendas cartas donde le desearon lo mejor y le congratularon por la independencia. Como si él la hubiera querido.

En las horas que siguieron a ese doble rechazo, Lee recordó que tenía un as bajo la manga. Los israelíes llevaban pidiendo la apertura de un consulado en Singapur desde 1962 y, ante la negativa que siempre habían encontrado por respuesta, les habían ofrecido apoyo militar para ver si así acercaban posturas. Era su última opción, y no era mala. Al fin y al cabo, los israelíes se las habían apañado para sobrevivir rodeados de enemigos, y una de las claves para ello había sido precisamente su capacidad militar. Así que Lee contactó con Mordekai Kidron, embajador de Israel en Bangkok, y le pidió ayuda.

Por supuesto, la respuesta fue positiva. Antes de que acabara el año ya había en Singapur más de una decena de asesores enviados por Israel para atender las peticiones de Lee y los suyos. Pero su presencia presentaba un problema. La irrupción de Israel en medio del mundo musulmán había levantado algunas ampollas, y su imagen generaba bastante rechazo entre los seguidores del islam. Si los musulmanes de Malasia (que eran la mayoría) y de Singapur se enteraban de que el gobierno de la isla no solo había metido al enemigo en casa, sino que además le había confiado la defensa del país, la mecha no tardaría en encenderse. Así que, para evitar problemas, Lee volvió a hacer acopio de su ingenio y decidió que en adelante se referirían a los israelíes como “los mexicanos”. Total, eran suficientemente morenos (o por lo menos eso asegura en su libro From Third World to First: Singapore and the Asian Economic Boom).

El engaño coló, y los “mexicanos” se pusieron manos a la obra. Pragmáticos como ellos solos, dejaron de lado todo lo que tenía que ver con desfiles militares y demás muestras de elegancia fútiles y se centraron en convertir al singapurense en un ejército motivado y letal. Lo primero que hicieron fue diseñar un esquema que permitiese al país reclutar el mayor número de efectivos en el menor tiempo posible, máxima por la que ya se regía el ejército israelí. La idea era que en relativamente poco tiempo los singapurenses pudieran contar con unos 250.000 operativos, sumando jóvenes de entre 18 y 35 años que estuvieran listos para el combate y reservistas que ocupasen puestos administrativos.

En contra de la sugerencia de su Ministro de Defensa de crear un ejército regular, Lee optó por un sistema mediante el cual el número de militares de profesión fuese el menor posible, pero pudieran contar con el grueso de la población para tomar las armas en caso de combate. Así, se puso en marcha el Servicio Nacional, un programa que obligaba (y obliga) a todo varón a pasar dos años de entrenamiento militar al cumplir la mayoría de edad. Una vez terminados esos dos años, a cada joven se le asigna un batallón del ejército (ahora también puede ser de la policía) al que debe prestar servicio en hasta otras diez ocasiones a lo largo de su vida. De esta manera, prácticamente todos los hombres de Singapur se visten de uniforme de manera regular y están listos para tomar las armas en cualquier momento. Además, el gobierno se ahorra los costes de un ejército grande y destina el dinero a otros proyectos.

Pero, a fin de liderar a los que sí que elegían la carrera militar y entraban a formar parte del ejército regular, Lee se propuso atraer a los más capaces. Así que lanzó un plan para atraer a los mejores estudiantes del país a los altos mandos del ejército. A los diez que eran seleccionados cada año se les enviaba a estudiar un curso académico en Gran Bretaña, con todos los gastos cubiertos. A su regreso a Singapur, se les pagaba un sueldo de teniente hasta que se graduaran. Todo lo que tenían que hacer era comprometerse a quedarse en el ejército al menos ocho años después de terminar la universidad. Pero, durante ese periodo, también se les enviaba al extranjero a estudiar varios cursos de defensa en Estados Unidos o Gran Bretaña, y uno de administración de empresas en Harvard o Stanford. Por si fuera poco, después de esos ocho años podían dar el salto a los cargos más altos de la administración pública y de empresas privadas.

Mientras tanto, los israelíes, perdón, los mexicanos, se echaron a la espalda las labores de entrenamiento. Tan pronto como pudieron empezaron a instruir a los primeros soldados que se alistaron. Todo lo que hacían era seguido muy de cerca por los comandantes singapurenses, prácticamente convertidos en sus sombras para empaparse de su conocimiento. También ayudaron a Lee a hacerse con material militar y armamento. Para 1971, el ejército ya contaba con 16.000 soldados regulares y otros 11.000 reservistas. Tenían tanques, aviones y buques de guerra.

Contaba Lee en su ya mencionado libro que, cuando el Ministro de Defensa malasio vio los tanques desfilar en el cuarto aniversario de la independencia de Singapur, por poco se desmaya. Por aquel entonces los malasios no tenían tanques, y verlos en manos de su pequeño vecino del sur les hizo ver que quizás ya no fuese tan pequeño.

Lee ya tenía lo que quería. Pero los mexicanos no. En política nada es gratis, e Israel seguía presionando para establecer relaciones diplomáticas formales. En 1967, las Naciones Unidas sometieron a votación una resolución para condenar a Israel por la Guerra de los Seis Días. Singapur, alegando la necesidad de defender el derecho a las naciones pequeñas a existir, no votó a favor y se abstuvo. Fue el primer gesto público de agradecimiento por su trabajo en la isla. El segundo llegó el año siguiente, cuando dejaron que los mexicanos, ahora ya israelíes, abrieran una oficina comercial en el país. Por fin, en 1969, cuando los singapurenses de a pie ya se habían acostumbrado a que anduvieran por allí, les concedieron su tan ansiada embajada.

Todos salieron ganando. A día de hoy, y a diferencia de Israel, Singapur no ha tenido que echar mano del ejército para hacerse respetar, lo que quizás sea un signo de lo bien que se hicieron las cosas en su momento. Pero, por si acaso, el país cuenta con más de 70.000 soldados en activo y casi un millón de reservistas, lo que convierte a sus fuerzas armadas en unas de las más potentes del Sudeste Asiático.

En cuanto a sus relaciones con Israel, son bastante buenas. En 2016, Lee Hsien Loong, actual Primer Ministro de Singapur e hijo del astuto Lee Kuan Yew, viajó a Jerusalén y agradeció públicamente la ayuda de aquellos años. Los dos países siguen cooperando, ahora también en sectores como la investigación y desarrollo y el comercio de productos informáticos. Pero, por supuesto, y por no romper las tradiciones, Israel sigue siendo uno de los principales exportadores de armas a la isla.

Acerca de Alberto Ballesteros

Madrid (España), 1996. Relaciones Internacionales y ADE en la Universidad Pontificia Comillas con intercambio en Singapore Management University. Jefe de Edición en The Political Room. Colaboro con el diario El Confidencial en temas de Asia-Pacífico. Interesado en Asia y la Unión Europea.

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