Lucha comercial Europa-EE.UU. y guerra comercial con China.

Por Guillermo Pulido Pulido

El presidente Trump ha amenazado estos días a la Unión Europea con aplicar una fuerte subida en los aranceles a los automóviles europeos, en caso que no se llegue a un acuerdo comercial entre EE.UU. y la UE.

Estas presiones de Trump vienen después de que consiguiera firmar un acuerdo comercial con el gobierno chino. Da la impresión que Trump va por partes, y que después de resolver parcialmente su disputa con China se prepara para arreglar cuentas con los europeos.

La retórica y modos de Trump pueden parecer las de un simple mafioso o matón; como si fuera un acosador de patio del colegio, que deambula intimidando a otros niños para robarles el bocadillo y golpearles arbitrariamente.

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Pero la realidad tras esa apariencia no es tan simple. Aunque muchos medios de comunicación no suelan hacerse eco de forma precisa de las cuestiones técnicas del comercio y de la economía mundial, lo cierto es que EE.UU. tiene motivos racionales y justificados para exigir cambios en la política comercial tanto a la UE como aChina.

Por ejemplo, el nada sospecho think tank alemán IFO (Instituto para la Investigación Económica), admite desde hace años que Trump tiene toda la razón en el asunto de los aranceles sobre los automóviles.

El IFO admite que la UE impone aranceles a la importación de coches del 10%, mientras que EEUU solo lo hace al 2,5%. Las diferencias arancelarias a favor de la UE se trasladan a otros productos.

Hay que tener en cuenta que la métrica del arancel promedio, que habitualmente se muestran en mucho informes de prensa, y que indican que EE.UU y la UE están casi a la par, induce a conclusiones erróneas respecto a los aranceles reales y la política comercial estratégica.

Por ejemplo, si el país A aplicara un arancel del 300% sobre automóviles del país B, y a su vez el país B aplicara en represalia un arancel del 300% sobre esa clase de bienes del país A, el comercio bilateral se desplomaría a cero, resultando en un arancel medio sería también de cero. Concretamente y de manera técnica, a esto se le llama arancel promedio ponderado por el comercio (un indicador útil pero que induce a errores).

Por ejemplo, antes de que se iniciara la guerra comercial entre EE.UU. y China, el arancel chino a la importación de vehículos era del 25%. Esto impulsó a que los fabricantes de coches no se instalaran en países más baratos como Vietnam, o que exportaran coches directamente de Europa, EE.UU o Japón, sino que instalaran sus fábricas en la propia China.

Las importaciones de automóviles de China, por lo tanto, son muy bajas, y da un arancel promedio ponderado también muy bajo, cuando en realidad tiene un arancel del 25%.

Sorprendentemente, los EE.UU. y la UE tienen aranceles a los automóviles muy bajos, fomentando tanto la importación de esos bienes de China, así como la localización en China de las fábricas de esos bienes. Para colmo, China otorga una gran cantidad de ayudas y subvenciones encubiertas a sus productores industriales más allá de la protección arancelaria.

La Organización Mundial del Comercio (OMC), en su Cuerpo de Apelación, no sanciona ni revierte esas prácticas chinas, ya que se ciñe estrictamente a la letra de lo acordado en la Ronda de Uruguay de 1994, en lugar de hacer una aplicación que sea fiel a las reglas del libre comercio (sin ayudas, subvenciones, aranceles, etc).

Naturalmente, la UE y los EE.UU. quieren reformar la OMC para que esas injusticias en el comercio no sigan sucediendo, pero China y otros países bloquean las reformas. Por ese motivo, desde la ronda de 1994, no han habido cambios de calado en esa organización internacional y multilateral (los motivos concretos los explicaré en otro artículo).

Vean el siguiente gráficos del Banco Mundial del arancel promedio entre EE.UU y China: en 2017 (antes que se iniciara la guerra comercial) este arancel de China a EE.UU. era solo del 3,8%, y el promedio de EE.UU a China era nada más que del 1,7% (aquí la fuente del gráfico)

Sin embargo, eso no reflejaba la realidad de los aranceles, ayudas encubiertas chinas y demás medidas proteccionistas no arancelarias, con un fuerte impacto en la desviación y flujos de comercio; así como en la deslocalización industrial a favor de China.

Aunque calcular los aranceles es muy complicado dado que hay registrar las distintas tarifas para cada tipo de producto, siendo virtualmente imposible el obtener una cifra precisa y representativa del nivel de aranceles, una forma más realista de calcular los aranceles que habían antes de la guerra comercial es la del siguiente gráfico (extraído de este estudio del PIIE).

Se observa que el arancel chino no ponderado por el comercio con EE.UU. era superior el 10% y no del 3,8%. Recordemos que es solo un cálculo y un indicador (no la realidad del comercio), ya que el arancel a los automóviles era nada menos que del 25%.

Por lo tanto, la administración Trump inició una guerra comercial no para devolver a los EE.UU. al aislacionismo, sino que usaba los aranceles punitivos y otras medidas de presión para forzar a que China se abriera más al comercio, y para que China dejara de hacer trampas y perversiones a las normas multilaterales de comercio.

La evolución de la guerra comercial y escalada arancelaria se resume en el siguiente gráfico.

Figura 1

Finalmente, hace unos días, el gobierno chino y el norteamericano firmaron un acuerdo que es solo la Fase 1 de un acuerdo comercial más grande. Los chinos hicieron, según lo escrito, grandes concesiones (200.000 millones). Es verdad que no han cedido en todas las demandas que pedía Trump cuando comenzó la guerra, pero en teoría esta es solo la Fase 1. El resto de concesiones deberían venir en posteriores fases.

El resumen de los incrementos de importaciones está resumido en el siguiente gráfico (aquí la fuente, Martin Wolf en el Financial Times).

Los EE.UU. no han tenido que ceder prácticamente nada, sino solo bajar un poco los aranceles a algunos productos, pero dejándolos igualmente muy altos como medida disuasiva; y manteniendo la gran mayoría de aranceles punitivos intactos. China se compromete (en teoría) a importar nada menos que más de 200.000 millones de dólares en bienes y servicios (además de otras concesiones importantes que no cabe detallar ahora).

En caso de que realmente China aplique lo firmado, la mejora respecto a la tendencia en el comercio y exportaciones de EE.UU. a China es sobresaliente, tal y como se ve en los siguientes gráficos.

Figure 1 The phase one deal does not cover all US exports to China, yet still sets incredibly ambitious targets
Figure 2 US export targets for agriculture, energy, and manufactured goods under phase one deal may be difficult to achieve

Como explica Douglas Irwin en su magistral libro Clashing Over Comerce: A History of US Trade Policy (2017), los EE.UU. no buscan el aislacionismo, sino abrir mercados. Trump, con este y otros acuerdos, no disminuye el comercio, sino que lo aumenta bajo reglas más paritarias y que equilibren la balanza exterior de cuenta corriente y la balanza de pagos.

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Esto lo ha conseguido Trump al margen de la OMC. Para colmo, los chinos para cumplir con ese acuerdo, tendrán que hacer una fuerte desviación de comercio. Eso significa que China tendrá que importar mucho menos de Europa, Brasil o Rusia, para así importar más de EE.UU..

¿Creen que alguien ha dimitido en Bruselas por ese acuerdo que tanto perjudica a la UE? Nadie lo ha hecho. Es más, el comisario de comercio, Phil Hogan critica el acuerdo como contrario a la OMC, y dice que solo es una victoria política pero no comercial. Sorprendente.

Y ahora es cuando Trump viene a saldar cuentas con la UE, porque como dejé escrito al comienzo de la columna, es evidente que el bloque europeo tiene ventajas no justas sobre los automóviles y otros productos.

Y es ahora cuando el lector puede comprender que, aunque los modales excéntricos de Trump no sean los más apropiados, el presidente norteamericano no viene a robar el bocadillo a los europeos (tampoco lo hizo con los chinos), sino que quiere que le devuelvan su bocadillo.

Sin ir más lejos, Jean-Claude Juncker ya le admitió a Trump en 2017 que tenía razón, y que comprometía a la Comisión Europea a incrementar las importaciones de EE.UU.. De ese modo, hacia 2018 daba la impresión que el choque comercial entre la UE y EE.UU. parecía que se había evitado.

Sin embargo, aunque Juncker presidiera la Comisión Europea, no podía imponer nada a los países miembros sin el consentimiento de estos. Francia y otros países bloquearon lo prometido por Juncker a EE.UU., y la UE siguió disfrutando de sus ventajas asimétricas.

No obstante, Trump tenía bastante con la guerra con China para entrar también conflicto con la UE, por lo que el desencuentro no pasó a mayores. Pero esa prórroga y tregua con la UE ha finalizado una vez Trump ya ha conseguido concesiones fantásticas de los chinos (aunque debe conseguir otras concesiones adicionales en la Fase 2).

Hasta cierto punto es lógico que Trump esté enfadado. Aunque también es lógico que la UE quiera conservar ese beneficio: las potencias no tienen amigos, sino intereses.

Por todo esto es que Trump ha dicho explícitamente que quiere un acuerdo sobre sobre el tema de los automóviles (vean esta y también esta noticia del Wall Street Journal para más información) o de lo contrario comenzará a aplicar aranceles punitivos para forzar esa negociación.

La lucha comercial entre EE.UU. y la UE (estamos en un fase de negociación anterior a una guerra comercial) además se entrelaza con otros asuntos, como el de los impuestos a las grandes corporaciones tecnológicas unilateralmente por parte de Francia, la negociación de una tasa global a las grandes corporaciones, etc.

El resultado de esa lucha está por verse, como también si se llega a una guerra comercial entre la UE y los EE.UU. o si se llega a un acuerdo antes de eso.

Pero es importante conocer las motivaciones e intereses de cada actor en este juego estratégico: ni la UE es un paraíso del libre comercio, ni los EE.UU. son un ladrón arbitrario de los bocadillos de los europeos o chinos.

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