El dilema bielorruso: una mayor integración con Rusia o una posible recesión económica

Las relaciones entre Rusia y Belarús atraviesan por un nuevo episodio de tensión debido al establecimiento de la denominada “maniobra fiscal”  en el sector energético ruso. Este cambio tributario provocaría que el presupuesto estatal de Belarús perdiese aproximadamente un total 10.800 millones de dólares  hasta 2024, fecha en la que se prevé que el impuesto de exportación se reduzca del 30% actual a un 0%.

La nueva regulación rusa establece que la carga impositiva  de los productos derivados del petróleo se traslade de la exportación a la extracción, y surge para paliar la bajada de los precios de  los hidrocarburos a nivel internacional. Según el Ministerio de Finanzas de Rusia el retraso en el establecimiento de esta medida ha supuesto unas pérdidas que rondan “un billón de rublos (17.5 mil millones de dólares)”.

Para Belarús, esta maniobra fiscal supondrá un aumento en el precio del petróleo, actualmente el estado bielorruso paga una tarifa muy parecida a los estándares dentro del estado ruso. La economía bielorrusa, fuertemente ligada a Moscú, ha podido subsistir  ya que “cada año, Minsk recibe hasta 10 mil millones de dólares de ayuda financiera rusa que toma formas de suministro de gas barato, productos petroleros libres de impuestos, mercado ruso abierto, equipo militar y préstamos”. Belarús compraba petróleo ruso a precios preferenciales tanto para consumo interno como para refinarlo y poder reexportar los productos derivados libres de impuestos, y a un precio superior.

Minsk necesita llegar a un acuerdo con Rusia en esta materia ya quesin ninguna compensación de Moscú, el crecimiento económico se desaceleraría a menos del 2%, mientras que en el peor de los casos, el país enfrentaría una recesiónsegún las estimaciones del Banco Mundial.

Ihar Lyashenka, viceprimer ministro bielorruso, ha asegurado que “las demandas bielorrusas de compensación están totalmente fundamentadas en el Tratado de la Unión Económica Euroasiática, que estipula condiciones de igualdad para los estados miembros”. Lukashenko manifestó que las pérdidas derivadas de la “maniobra fiscal” constituirían “un «agujero gigante» en cualquier futura integración económica y financiera con Rusia

Una mayor integración con Rusia es la precondición del Kremlin para  empezar a negociar. El pasado mes de diciembre de 2018, el primer ministro ruso,  Dmitry Medvedev, afirmó que si “Belarús quiere el apoyo de Rusia, debe avanzar en el Tratado de Estado de la Unión de 1999: introducir una moneda única, un servicio de aduanas, un tribunal y una Cámara de Cuentas. Los medios bielorrusos describieron este discurso como ‘el ultimátum de Medvedev«.

El Tratado de la Unión entre Rusia y Belarús ha cumplido 20 años sin grandes avances. El acuerdo surgió como un mecanismo para “allanar el camino hacia una unión económica y política total con órganos de gobierno supranacionales (incluido el Consejo Estatal Supremo, un Parlamento, un Consejo de Ministros, un Tribunal, una Junta de Auditoría y también un Comité Permanente)”. El primer ministro ruso, ha planteado dos mecanismos para conseguir la aceleración de la integración entre ambos estados. El primero sería una vía “conservadora” donde la Unión Económica Euroasiática sería el promotor de tal integración.  Minsk ya no podía contar con ninguna preferencia en sus relaciones bilaterales con Rusia, ya que todos los problemas deberían abordarse en el marco de la CEEA. Hablando del segundo escenario, implica establecer un servicio de aduanas y un tribunal, lo que sería equivalente a impulsar los procesos de integración que se congelaron en 2007”.

Durante el último encuentro entre Vladimir Putin, el presidente de Rusia, y Alekxandr Lukashenko, su homólogo bielorruso, celebrado en Sochi el pasado mes de febrero, ambos dirigentes han acordado continuar con el proceso de integración. Sin embargo no han conseguido solucionar la disputa por la maniobra fiscal. En dicha reunión, Lukashenko ha afirmado que “la soberanía es ‘sagrada’ para Belarús  y que los procesos de integración entre ambos países no la van a afectar”. Moscú afirma que  la unificación absoluta no está en juego.

Belarús ha sido un socio fundamental en todos los organismos internacionales patrocinados por Moscú, con especial  relevancia del Tratado de Seguridad Colectiva y la Unión Económica Euroasiática. Frecuentemente ha sido señalado como un “satélite de Moscú”, aunque ha habido ocasiones en las que no siguió las disposiciones que estaba desarrollando el Kremlin.

Belarús no ha llegado a reconocer la anexión rusa de Crimea, mantuvo una posición de  neutralidad en el conflicto del este de Ucrania y ha desarrollado una cooperación militar con el nuevo gobierno de Kiev, surgido tras la denominada “Revolución de la dignidad”.

“Los acuerdos de Minsk fueron el único intento de conseguir un acuerdo de paz en el este de Ucrania.  Además, el pasado noviembre de 2018 Lukashenko “rechazó la idea de la base militar de Rusia en Belarús y se opuso a una nueva doctrina militar del Estado de la Unión que incluiría disposiciones para el establecimiento de una base rusa en Belarús”.

El gobierno bielorruso es consciente de su alto grado de dependencia hacia Rusia, por este motivo ha tratado de establecer relaciones con la Unión Europea y recientemente con la República Popular de China: “El sistema de cohetes bielorruso Polonez, fabricado conjuntamente con China, se desplegó en la parte oriental de Belarús”. Minsk estaría también muy interesado en formar parte del proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda que Pekín está desarrollando.  

La “Unión Europea está intentando incluir a Belarús como miembro de la Asociación Oriental de la UE”,  a pesar de acusaciones que Bruselas ha vertido sobre las violaciones de derechos humanos, la falta de libertad de prensa y el sostenimiento de la pena de muerte en Belarús. La Unión Europea  se aleja “de la promoción de la democracia hacia objetivos más específicos, basado en el nuevo concepto de «resiliencia», que ve la seguridad como una condición previa para la prosperidad y democracia”.

La situación geopolítica de Belarús es fundamental para comprender el balanceo este-oeste que Lukashenko ha llevado a cabo en su política exterior; en las propias palabras del presidente bielorruso: “estamos en una situación en la que tenemos que girar la cabeza todo el tiempo … porque estamos situados en el centro de Europa. Debemos establecer relaciones con la OTAN sobre la base de un respeto mutuo que fortalezca la seguridad de nuestro país», dijo Lukashenko. «No debemos verlos como nuestros enemigos».

Consciente de su importancia estratégica para Rusia, no solo por ser el país de tránsito del gaseoducto Yamal-Europa, sino porque  Minsk “es también una piedra angular en la estrategia defensiva de Rusia, amortiguando la creciente presencia de la OTAN en Europa del Este”. Por este motivo tales declaraciones han de ser analizadas con precaución, ya que es bastante común que tras un desencuentro con Rusia, Lukashenko trate de establecer vínculos, al menos discursivos, con las organizaciones y países occidentales.

Otra constante en el discurso del presidente bielorruso es el empleo de la conciencia nacional del país. Lukashenko “pronunció un discurso público en bielorruso, instó a los ciudadanos a recordar el Gran Ducado de Lituania y declaró que la soberanía bielorrusa no sufrirá chantajes ni disputas sobre el gas”.

“La situación geográfica de Belarús, dentro de las esferas de influencia de Rusia y el Oeste hace que exista una repercusión dentro de la identificación nacional y del estatus geopolítico (…)” lo que significa que ante un conflicto de intereses externos se estimula la idea nacional de Belarús, pero es preciso tener en cuenta que “la identidad nacional está asociada con el Estado y con los pilares etno-culturales no con el régimen político”.

El control de Lukashenko sobre los poderes del Estado bielorruso ha quedado patente en numerosas ocasiones, pero su condición de presidente podría no estar asegurada por un amplio apoyo popular en caso de que el país entre en una crisis económica, y el presidente sabe que Belarús no está exenta de sufrir un “cambio de régimen” que podría desarrollarse si Moscú no continúa apoyando y subsidiando su economía. De hecho el nuevo embajador ruso en Minsk, Mikhail Babich “es el primer embajador ruso en una década en reunirse abiertamente con representantes de la oposición bielorrusa”.

Para Lukashenko, el estatus geopolítico de Bielorrusia no debe ser mal interpretado, ya que «no es una provincia: ni las afueras del este de Europa, ni las afueras del oeste de Rusia”. La posición bielorrusa en el mapa, sitúa al país en una zona de frontera entre la Federación de Rusia, es un territorio con “porosidades, entendiendo esta porosidad como una capacidad de influencia de otro actor situado en sus fronteras o bien un actor externo”, lo que nuevamente pone de manifiesto la importancia que Belarús tiene para la Federación Rusa.

Esta reciente escalada de tensión entre los vecinos y la acentuada presión rusa sobre Minsk han sido interpretadas por la prensa internacional como una posible anexión que permitiría a Vladimir Putin seguir al frente de un nuevo estado surgido de la integración con su vecino. Con la constitución rusa «evitando que el presidente  Vladimir Putin busque otra reelección después de 2024, muchos vieron el ultimátum [ruso] como una amenaza», escribió Artyom Shraibman en un artículo reciente para el Centro Carnegie de Moscú”.

Una anexión de Belarús parece poco probable ya que Moscú dejaría de ser un socio fiable para sus vecinos en el espacio postsoviético. La Federación Rusa ha realizado ingentes esfuerzos por articular unas relaciones con las antiguas repúblicas ex soviéticas, patrocinando gran cantidad de organismos internacionales y tratando de conseguir el liderazgo en la esfera regional. “La debilidad de Rusia como actor global se ve compensada por su considerable peso regional con respecto a los antiguos estados soviéticos. Sus acciones y políticas indican que los niveles regionales e internacionales no deben considerarse como chocantes o desconectados, sino más bien como complementarios.” “El regional alimenta y refuerza el mundial”, por lo que Rusia necesita una configuración espacial en la región que le permita conseguir el papel que reclama  a nivel internacional.

Acerca de Miriam González

Periodista especializa en Rusia y el espacio postsoviético. Magíster en Comunicación de la Defensa y los Conflictos Armados. Máster en Fenomenología Terrorista y Máster en Estudios Internacionales.
Hablo inglés, ruso y galego.

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