Reflexión: una vieja Defensa, para una nueva Europa

Lejos quedan los grandes ejércitos, las largas marchas, las grandes batallas y los pomposos desfiles. En Defensa, nada es lo que era hace treinta años. Actualmente, una nueva guerra como la de las Falkland sería impensable, básicamente porque ni Argentina tiene capacidad para ocupar ese territorio de ultramar, ni el Reino Unido de recuperarlas. Lo mismo les ocurre a Francia, Alemania, Rumanía, Italia o España, cuyos modelos militares se han quedado casi obsoletos al tener que especializarse en ámbitos muy concretos como la ciberseguridad, las acciones rápidas de combate o las transmisiones. 

Los modelos de Defensa de países como Polonia, Noruega, Finlandia o Letonia son sin duda los más interesantes a día de hoy, debido a su característica de tropas muy especializadas y coordinadas. Su “espíritu jäger”, como le podríamos llamar debido al gran parecido con los cuerpos de cazadores de finales del s. XIX, los ha hecho fácilmente adaptables a los nuevos retos de hoy; incluso la Polonia socialista tenía uno de los mejores cuerpos de especialistas de todo el Pacto de Varsovia. Y, ¿por qué sucede eso? Es aquí donde entran en juego dos doctrinas fundamentales en la Defensa occidental o los modelos de Defensa de la alianza Atlántica. Es donde se produce el choque entre las llamadas “Doctrina Rumsfeld” y “Doctrina Powell”.

La Doctrina Powell: movilización total para el combate

La Doctrina Powell debe su nombre a un término periodístico que hace referencia al general Colin Powell, de los Estados Unidos, y a su estrategia para defender Kuwait durante la invasión iraquí de 1991. La característica principal de esta doctrina militar es movilizar al máximo número de efectivos posibles para hacer frente a la amenaza existente, y así volver a la situación anterior. Para ello, la nación debe utilizar todo recurso a su alcance para el combate, porque en tiempos de guerra la movilización ha de ser total y absoluta. Además, establece que cuantas más tropas estén desplegadas en el campo de batalla o “teatro de operaciones”, menores serán las bajas. Una concepción diferente de la propuesta por la “Doctrina Weinberger” – por el secretario de Defensa del presidente Ronald Reagan – donde el número de fuerzas desplegadas ha de ir vinculado a los objetivos y número de enemigos constantemente.

Ambas doctrinas se ajustan a los modelos preguerra contra el Terrorismo, cuando en todo momento el número de fuerzas enemigas u hostiles podía ser contabilizado, se trataba de operaciones sobre el terreno, y las amenazas debían ser cuantificables. Así, tanto la Doctrina Weinberger como la Doctrina Powell se corresponden con modelos de Defensa parecidos a los del s. XIX, y son muy similares a los de los países que ahora tienen problemas para mantener su infraestructura militar, puesto que las amenazas han cambiado desde 2001. Las amenazas mutan, pero los modelos siguen, provocando que los hostiles vayan un paso por delante en muchos casos.

La Doctrina Rumsfeld y la evolución de los conflictos armados

En 2001 cambió todo. El atentado contra las Torres Gemelas dibujó un nuevo mapa y unos nuevos horizontes en la seguridad internacional. Y, en consecuencia, también trajo consigo una nueva doctrina militar: la Doctrina Rumsfeld, que sigue vigente hoy el día. Fue impulsada por el Secretario de Defensa del presidente George W. Bush, y anteriormente de Gerald Ford.

Rumsfeld, que también había ocupado los cargos de Jefe de Gabinete de la Casa Blanca con la administración Ford y de Representante de Estados Unidos en la OTAN bajo la Administración Nixon, creía que el modelo de seguridad y Defensa westfaliano, donde el Estado ostentaba el monopolio de la fuerza, estaba quedando obsoleto. Los “hostiles” o los “enemigos” ya no cumplían con los cánones tradicionales de la guerra, ni sus métodos eran los conocidos hasta el momento.

La velocidad cambiante de estos en la forma de generar pánico, terror o desorden era más alta que desde la del Estado. Hasta entonces, el Estado aprendía a prevenir cierto tipo de ataques después de que estos sucedieran, lo que generaba un problema, porque ahora cada ataque podía ser distinto del anterior. Rumsfeld le dio la vuelta al modelo de aprendizaje mediante el error. Su modelo se basaba en la infiltración en las filas del enemigo para conseguir información, al mismo tiempo que se emulaba su estructura para poder hacer frente a sus ataques. Además, planteó la necesidad de superarlo en el plano tecnológico.

Desde entonces, ya no se trata de tener grandes ejércitos, grandes recursos y hacer grandes despliegues, sino de tener grupos muy pequeños, capaces de infiltrarse en territorio hostil y golpear antes que se genere la acción. Y, ¿cómo se consigue esto? Potenciando el I+D+I militar en el terreno privado, puesto que necesita menos controles de desarrollo, producción, material y es menos costoso. Así pues, entra en juego el sector privado de la Defensa a gran escala. Drones, vehículos automáticos, misiles que entran por una ventana si hace falta lanzados desde el mar a centenares de kilómetros. Y con contratistas que, a través de contratos públicos, ahorran al Estado numerosos costes como el desplazamiento de tropas, autorizar políticamente mayores presupuestos en Defensa, o “viudas y huérfanos”, como llegaron a decir el presidente Carter y su Consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski.

Pero, una vez creados estos cuerpos especializados, con tecnología punta, donde un centenar de soldados puede afrontar unos objetivos de seguridad que antes se necesitaban un par de miles, ¿qué pasa con el resto de los soldados que integran las Fuerzas Armadas?

Y es que aquí llegamos al problema actual, y que ya se dejó entrever al principio del texto. En Defensa la cosa ya no va de ser más, sino de ser mejores. Los escudos antimisiles u otros equipos de defensa estática, la proyección de nuevos horizontes en la ciberseguridad, la importancia de operaciones puntuales sobre el terreno, el fin del monopolio de la Fuerza por parte del Estado, y frente todo esto, que la infraestructura y estructura militar estén obsoletas en muchos Estados genera más inseguridad que seguridad. Países como Corea del Sur y Estados Unidos están rediseñando su estructura para tener menos efectivos, porque saben que, a mayor tecnología, menos tropas son necesarias. Además, que menos personal se inscribe como miembro de las Fuerzas Armadas y esto supone menos personal en activo.

En cuanto a Europa, que es todavía vieja en el campo de Defensa estructuralmente hablando (los veteranos mandos militares se quejan ante la novedad, como sucedió en Francia, y en otros casos plantean restablecer el servicio militar obligatorio), habrá que ver hacia donde avanza el continente. Recordemos que Polonia, Letonia o Estados Unidos no tienen servicio militar obligatorio, Dinamarca por ley sí, pero el 95% son voluntarios, y en Finlandia es obligatorio prestar servicio militar, pero existe la alternativa de prestar un servicio a la comunidad. El resto de los Estados europeos quizás debería mirar hacia los nuevos horizontes, en lugar de mirar hacia un pasado que no volverá, con grandes desfiles, grandes cuerpos de ejércitos y largas marchas.  

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