Mónica G. Prieto: “Se ha abandonado la información y la calidad del producto informativo para llenar los medios de anécdotas”

Mónica G. Prieto

Mónica G. Prieto es una periodista especializada en información internacional y corresponsal de guerra. Ha estado trabajando con base en Moscú, Beirut, Roma y Shanghái, entre otras ciudades. Mónica ha cubierto numerosos conflictos armados entre los que destacan la última invasión de Irak, la guerra de Siria y el conflicto de Afganistán. Sus trabajos han sido ampliamente reconocidos y ha recibido los siguientes galardones: el XXXIII Premio de Periodismo Cirilo Rodríguez, el Premio Dario D’Angelo 2005 y el Premio José María Porquet de Periodismo Digital 2011. Además, es autora de varios libros.

En una ocasión afirmaste que el periodismo internacional español no tenía nada que envidar al británico. ¿Qué es lo que está ocurriendo con los medios españoles hoy en día? ¿Quién o quiénes son los responsables de esta situación?

Es un tema bastante complejo, lleva ocurriendo muchos años, casi una década. El periodismo se ha desvirtuado e imagino que han llegado empresarios al poder y se fueron desplazando poco a poco los periodistas y las personas con criterio informativo. Los medios se han utilizado cada vez más como un instrumento de poder que como un instrumento informativo.

Pero eso de que el periodismo español no tenía nada que envidiar al británico ocurrió hace un par de décadas, en los años noventa y dos mil. Luego la situación se deterioró mucho incluso para la prensa británica, que tampoco es lo que era.

¿Se trata de una cuestión puramente económica o hay otros intereses?

La crisis no es económica, es de principios y esto se da en todos los ámbitos. No solo es por la economía, se trata también de una cuestión de decisión, ya que con poco dinero se pueden hacer pocas cosas y que estén bien hechas o puedes hacer poco y mal.

La tendencia ha sido abandonar la información y la calidad del producto informativo para llenar los medios de anécdotas, de flashes informativos y de imágenes impactantes para convertirlos en un instrumento político, para que determinados grupos —empresariales, políticos y económicos— manipulen a la población o jueguen sus guerras de poder entre ellos. Esto es lo que ha desvirtuado al periodismo, en mi opinión.

Son tiempos de gran abundancia de noticias falsas y desinformación. ¿Cómo se combate la guerra de las palabras con palabras desde la trinchera del periodismo?

Imagino que desde una regeneración global del periodismo, que ahora mismo está fuera de nuestro alcance, porque sería volver a los principios: a la esencia de un trabajo que consistía en contar de una manera no partidista lo que veías, sin mezclar opinión e información, yendo al fondo de las cosas, intentado mirar qué hay más atrás.

El problema es cómo se entra en una nueva era. Hace unos años, los únicos medios informativos que tenía la población eran los medios convencionales, los medios de masas y había cierta garantía de control informativo. Esto se fue desvirtuando a medida que apareció Internet y se multiplicaron los medios. Cada vez había que competir más rápidamente con todos esos medios, con la avalancha de información o de no información, es decir, con la avalancha de noticias que muchas veces no son ni siquiera información. Es muy difícil competir con la velocidad de Internet y su sensacionalismo. Creo que nos equivocamos, porque Internet no es un medio de comunicación. Twitter, por ejemplo, tampoco es un medio de comunicación. Twitter es una forma de comunicación, pero no es un medio de información.

Pienso que se han confundido las cosas. ¿Cómo combatir hoy en día? Pues imagino que la única manera será a largo plazo, es decir, en dos o tres décadas, a fuerza de regular con leyes y llegar a tener un cierto control informativo como había antes. Reinventar los delitos de injurias y calumnias; que la cuestión de la manipulación también esté estipulada de forma que la gente que lo hace pague. Eso podría limpiar el panorama. Pero va tardar en llegar mucho tiempo.

¿Eres pesimista con respecto al periodismo independiente?

Soy pesimista respecto a la sostenibilidad del periodismo independiente, sí, mucho. Yo creo que va a quedar en manos de los pocos periodistas que se puedan permitir hacer el oficio sin un respaldo económico detrás. El periodismo es algo muy caro. La investigación puede llevar mucho tiempo y la gente tiene que comer. Y llega un momento en que no es compatible una cosa con la otra. Es bastante difícil mantener, como ocurre en mi caso, viajes y perder dinero.

Recientemente has trabajado en Xinjiang ¿Por qué es tan importante para Beijing tener a esta región tan controlada? ¿Qué es y cómo se está llevando a cabo la “reprogramación cultural” en Xinjiang?

Para Beijing es importante por varios motivos. Uno de ellos es por la nueva Ruta de la Seda, que es un proyecto comercial de hace unos años que seguramente va a consolidar la potencia económica emergente —que es China— como la primera potencia económica mundial. Esa nueva ruta de la seda atraviesa Xinjiang; con lo cual, necesitan el control total de la provincia para garantizar esa forma de suministro económico. Además, es la puerta a Asia Central, porque la frontera de Xinjiang es con las repúblicas centroasiáticas, que son repúblicas musulmanas; con lo cual, si hay algún temor de infiltración de corrientes extremistas islamistas tendría que venir por allí, no hay otra forma física de que lleguen.

Ahora bien, ¿por qué tiene tanto miedo Beijing? Pues no creo que haya un problema de terrorismo, eso no ha ocurrido. Lo que pasó es que hubo una cierta forma de violencia por parte de algunos grupúsculos, hace ya muchos años, que atacaron con cuchillos —ya que no tenían otra cosa— para protestar contra la discriminación. Tras esto, toda esta gente fue aislada y fue recluida en campos de reeducación.

La reprogramación que está sucediendo, es un sistema muy complejo y sofisticado. Este sistema ya se puso en práctica en el Tíbet, que será la segunda parte del reportaje que saldrá: el Tíbet como el precedente de Xinjian. La reprogramación se realiza a diferentes niveles. Yo creo que Beijing apuesta más por la reprogramación de los niños pequeños: los padres son conducidos a campos de reeducación acusados de terrorismo o por sospechas de simpatía con actividades terroristas, cuyos niños de dos, tres o cuatro años, son recluidos en centros, que son prácticamente orfanatos o centros para menores. Estos lugares son gestionados por Beijing y allí los niños aprenden chino, ven la televisión china y hablan exclusivamente en chino.

Como dicen los expertos, de alguna forma olvidan sus orígenes uigures. Con lo cual, estos niños una vez que se han criado como chinos, no saben que sus padres siguen vivos, se han desvinculado por completo de los padres.

Los mayores son ingresados también en campos de reeducación —una especie de reedición de los campos que ya hubo durante la revolución cultural de Mao— y objetivo es también que hablen chino, que aprendan legislación china y que tengan muy claro los márgenes en los que se tienen que mover. Es decir, quieren hacer ciudadanos chinos modélicos, pero estos nunca van a gozar de la confianza de las autoridades chinas, porque no son del todo chinos. En este sentido también se están enviando chinos Han, la etnia mayoritaria, para que repueblen la zona, que es algo que ocurre también en el Tíbet. Con todo este arco de medidas lo que se pretende es absorber a esa población, eliminar su carácter étnico, que su idioma se vaya olvidando, con el cierre de las mezquitas se termina proscribiendo la religión. Ya no se enseña la lengua uigur, ni se encuentras libros en este idioma. De esta manera, terminan eliminando de facto una comunidad que representa a unos 12 millones de personas en China.

Los ojos del mundo están cada vez más pendientes de China, de la que se resalta sobre todo su gran capacidad económica y comercial, pero ¿debería la prensa poner el foco en otros aspectos menos tratados del país? ¿Cuáles son en tu opinión dichos aspectos?

Los derechos humanos, básicamente. China probablemente sea uno de los países con mayor violación de los derechos humanos en el mundo junto con Corea del Norte, Bielorrusia y Rusia. Estamos ante una liga bastante especial.

El medio ambiente también es otro capítulo pendiente, aunque las autoridades chinas se están esforzando. Pero es muy complicado el gestionar una población tan grande, estamos hablando de 1400 millones y entiendo que hay otro tipo de asuntos que preocupan y que se imponen en una población tan grande. Pero es muy importante el tema de derechos humanos y libertades, el tema de que la población no puede expresarse con libertad y no puedan navegar por Internet de forma libre.

Después está el sistema policial que se está creando para controlar a toda la ciudadanía. Xinjinang es el presente, Tibet es el pasado, pero el futuro es el resto de China. Todo ese sistema de vigilancia que se aplica en Xinjiang y en el Tibet también se está reproduciendo en otras partes del país y llega un momento en que los circuitos de cámaras de vigilancia se están imponiendo en el resto de China. También el sistema de vigilancia de 5G se está desarrollando en todo el país —la identificación por rasgos biométricos en los aeropuertos—. Todo esto se va aplicando a todo el estado y va a llegar un momento en que sea un exponente del recorte de libertades individuales. Siempre lo fue, como buena dictadura que es, pero el riesgo es que se expanda a otros lugares del mundo. En el sudeste asiático ya se está viendo, pero imagino que eventualmente será extendido a todos los países que decidan comprar esos sistemas de seguridad y aplicarlos para controlar a su población. Es una manera muy eficaz de control.

¿Es complicado hacer periodismo en China?

Es difícil trabajar en zonas que el régimen no quiere que veas o con los disidentes, es complejo acceder a ellos. También es complicado llegar a historias sociales que el régimen no quiere que se conozcan. En Xinjiang es complicado porque hay mucha vigilancia. Al Tíbet no se puede acudir como periodista. Hay muchas limitaciones.

Has recorrido gran cantidad de conflictos armados durante tu gran trayectoria profesional. ¿Cómo es la guerra para los hombres y como la viven las mujeres? ¿Hay algo en común en estos conflictos, una cierta universalidad?

Sí, siempre es diferente y siempre es universal. Se dan las mismas pautas de actuación, indiferentemente del territorio, de la nacionalidad, de la raza, de la religión. Los hombres hacen la guerra a costa de las mujeres: alguien les cocina, alguien les cose, alguien les amortaja, alguien les cuida en el hospital, cultiva para ellos o les va a robar el pan que consumen. Y por supuesto la mujer es un arma de guerra en todos los conflictos.

La mujer es también la primera desplazada que además acarrea a los hijos de los que van a combatir. Simplificando mucho y generalizando mucho: unos terminan cometiendo crímenes de guerra y las otras los sufren. Hay muy pocas mujeres que combatan y hay muy pocos hombres que opten por quedarse en la retaguardia cuidando enfermos o heridos, por ejemplo.

¿Recuerdas la primera vez que sentiste la posibilidad de morir en un conflicto armado? ¿Cuándo y dónde fue?

Todos los conflictos presentan una enorme dosis de peligro y no es sencillo diferenciarla. Nunca se sabe dónde está el peligro. Puedes haber terminado la parte más dura de la cobertura, que finalice el bombardeo, que se hayan retirado las partes y que haya un proceso de paz y justo pisar una mina y morir ese día, cuando ya ha acabado todo. Desde mi punto de vista, si tengo que hacer una jerarquía de conflicto peligrosos, para mí Siria fue más peligroso que el resto. Estuve en una situación mucho más peligrosa de forma más constante porque el fuego era masivo. Era la aviación aérea por parte del régimen y de sus aliados que eran Rusia e Irán, y claro, estamos hablando de mucho avión y mucha bomba y muchos ejércitos que estaban allí: Hizbollah, los iraníes. Había una multiplicidad de agentes que lo hacía especialmente peligroso.

¿Cómo se gestiona a nivel mental la sensación de que puedes morirte?

No se puede explicar porque cada persona lo pasa de manera diferente y no creo ni que pueda describirte la sensación. Lo que haces es aguantar, estás allí para algo. Al menos mi presencia allí tiene un objetivo. En cambio, la presencia de todos aquellos civiles que están pasándolo igual de mal que yo es diferente, ellos no pueden huir a ningún sitio. Básicamente pensando en eso se te quita toda la tontería, ellos están peor.

Tú sabes que tú vas allí con fecha de salida, ellos se van a quedar atrapados allí, es el mejor antídoto a cualquier tipo de ego.

Cuando pasas mucho tiempo cubriendo un conflicto, ¿cómo puedes no perder la perspectiva y evitar militar, aunque sea de manera moral, en uno u otro bando? ¿Hay que militar?

No creo que haya que militar, pero siento que a veces es muy difícil no dejarnos llevar por la injusticia. Cuando yo estuve cubriendo la invasión de Irak, la desproporción del fuego que utilizaban los norteamericanos contra los iraquíes y la injusticia de la invasión ilegal era tal que solo podías tomar partido por una cosa, que eran los iraquíes que estaban padeciendo aquel fuego porque era injusto. Bombardeaban mercados, yo llegaba a un mercado y me encontraba restos humanos y eso es inaceptable, eso es un crimen de guerra.

Al final terminas tomando partido moral por la víctima del criminal de guerra sabiendo que esa víctima se puede convertir en criminal de guerra si tiene oportunidad. Eso ocurre en tantísimos conflictos, en el Líbano ocurría: la víctima de hoy podía ser el agresor de mañana en cuanto tenía armas.

En el caso de Siria fue igual. Cuando yo llegué, me encontré a unos manifestantes siempre masacrados por un presidente que además era un dictador. Entonces a mí no me quedó duda de por qué bando tenía que tomar partido. Luego se complicó y muchas de esas víctimas fueron agresores, llegaron armas del Golfo y terminaron siendo desde ISIS hasta Al Nusra. Yo sigo sin apoyar a toda esta gente, yo sigo apoyando a las víctimas civiles. Te pones en el lado del que padece.

Aunque la noticia debe ser el conflicto, a veces los periodistas encabezan el titular, como pasó en Irak. ¿Qué fue lo que ocurrió en el Hotel Palestina? ¿Se declaró la guerra a la prensa o esto era algo que ya venía de antes? ¿Fue un cambio en el periodismo de guerra?

Es cierto que aquel día hubo un ataque contra el Hotel Palestina y otro ataque contra la sede de Al Jazzera y murieron varios periodistas . Yo no creo que fuese una campaña para amedrentar periodistas, el Pentágono no lo necesitaba, éramos bastante más irrelevantes.

Tampoco creo que fuese un antes y un después, pienso que en todos los conflictos se cometen crímenes de guerra y uno de los muchísimos crímenes de guerra que hay es atacar a los informadores, pero creo que es mucho más grave masacrar niños o matar mujeres o violar. Pienso que no debemos generar mitos y crear héroes de un oficio como otro cualquiera.

Acerca de Miriam González

Periodista especializa en Rusia y el espacio postsoviético. Magíster en Comunicación de la Defensa y los Conflictos Armados. Máster en Fenomenología Terrorista y Máster en Estudios Internacionales.
Hablo inglés, ruso y galego.

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Comentarios

  1. Rachid ELAÏDI dice

    »ils oublient…» , non ,personne au monde n’oublie les souffrances d’ordre physique et psychologique . La revanche est une simple question de temps ,le reste est littérature

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