Jesús Díez: “La seguridad y el desarrollo de Europa dependen de la seguridad y el desarrollo en África”

Jesús Díez, Teniente Coronel del Ejército de Tierra

Jesús Díez Alcalde es Teniente Coronel Ejército de Tierra, Analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos y uno de los mayores conocedores de la realidad en el continente africano. Jesús Díez se licenció en Ciencias de la Información por la Universidad de la Laguna y es Experto Universitario en Comunicación y Conflictos por la Universidad Complutense de Madrid. Ha realizado misiones internacionales en Eritrea, Etiopía y Líbano; y acaba de regresar de la misión EUTM Somalia, donde ha estado destacado como asesor de política de Defensa. Además, el Teniente Coronel, es coautor del libro Los conflictos de Sudán.

Usted ha afirmado que “todo lo que ocurre en África nos atañe a Europa y al resto del mundo”. ¿Cuáles son las principales razones que hacen de África un lugar a tener en cuenta en materia de desarrollo y seguridad?

Es una realidad irrefutable, aunque todavía demasiados congéneres no sean plenamente conscientes de ello. África ocupa hoy el epicentro de la geoestrategia mundial; y su importancia está avalada por numerosos parámetros y datos, tanto de índole demográfico como económico, pero también por las grandes reformas políticas que hoy acontecen en muchos países de este inmenso y diverso continente, la mayoría de ellas auspiciadas por incontestables y pacíficos movimientos sociales. África es sobre todo un continente de oportunidades, dinamizadas por un enorme potencial humano y económico, y cuenta con una riqueza natural colosal, aunque al tiempo aglutina enormes y diversos problemas que condicionan este alentador escenario

<<El principal obstáculo que sigue dinamitando el progreso y la estabilidad continental son los desafíos a la seguridad y los altos niveles de conflictividad>>

Pero sin duda, el principal obstáculo que sigue dinamitando el progreso y la estabilidad continental son los desafíos a la seguridad y los altos niveles de conflictividad que siguen imperando en muchas regiones africanas, especialmente en el África Subsahariana. Entre ellos, destaca la violencia y el terrorismo de carácter yihadista, que se está extiendo de forma alarmante de norte a sur del continente, aunque la comunidad internacional no preste aún la atención debida. Y esta amenaza islamista se mezcla con los persistentes enfrentamientos tribales y comunales, que poco han hecho los gobiernos nacionales para solventar; y también con el omnipresente crimen organizado y los tráficos ilícitos de seres humanos, drogas o armas —entre otros—, que han corrompido a muchos dirigentes nacionales y a las propias instituciones estatales. Una amalgama de amenazas tangibles que dinamitan el futuro de millones de africanos; y cuya supresión requiere, en primer lugar, medidas en el ámbito estricto de la seguridad, pero que a largo plazo solo se solventarán a través de la buena gobernanza y de instituciones estatales fuertes, la mejora de las expectativas sociales —en especial el acceso al mercado laboral de la juventud—, la erradicación de la pobreza y el subdesarrollo o el incremento de los bajos niveles de educación.

En un mundo globalizado e interconectado, a nadie se le puede escapar que este escenario de conflictividad tiene una repercusión directa en la paz y la estabilidad mundial y, por su cercanía, mucho más en Europa. No solo en términos de proyección directa de las amenazas que sufre África en nuestro continente, que también; sino especialmente porque no podemos ser ajenos —por solidaridad y también por nuestra propia seguridad— a un foco de inestabilidad tan inmenso y cercano. Hoy más que en tiempos precedentes, la seguridad y el desarrollo de África es la seguridad y el desarrollo de Europa; y esta realidad nos tiene que llevar a un mayor compromiso y cooperación con África, en especial para colaborar en solventar los problemas y erradicar las amenazas allá donde se originan, se expanden y proyectan.

En su opinión, ¿cuál puede ser la razón para que las agendas mediáticas no presten la suficiente atención a lo que ocurre en África?

Con carácter muy general, los medios informativos están contando África, pero la atención que prestan ni es suficiente ni es la que merece este continente, a tenor de las oportunidades y desafíos que comentaba anteriormente. Además, en muchas ocasiones, la información no tiene la necesaria profundidad, fundamento y permanencia para entender la compleja realidad africana. Por otro lado, y centrándome en España, me gustaría destacar la destacada labor informativa de excelentes periodistas que se han centrado en contar África desde el terreno —con una perspectiva muy amplia y no sólo focalizada en el conflicto— sin olvidar el perfil humano de las noticias y también proyectando a sus audiencias la ineludible implicación de España en el continente africano. Pero, la mayoría de ellos trabajan de forma independiente, con todos los problemas que esto conlleva.

<<Muchos europeos siguen pensando en África solo en clave de conflicto y violencia, subdesarrollo y pobreza. […] Hay que cambiar la narrativa sobre África, porque en muchas ocasiones es sesgada y simplista>>

Sin embargo, todavía hay mucho por hacer en este ámbito, porque Europa —y más concretamente España— ha vivido demasiado tiempo de espaldas a África, lo que ha provocado que los viejos estereotipos aún perduren; y esto debe cambiar de forma urgente. Sin duda, los medios informativos son una pieza clave para conseguirlo. Muchos europeos siguen pensando en África solo en clave de conflicto y violencia, subdesarrollo y pobreza; y, aun siendo un escenario cierto, la profusión de estas informaciones no deja espacio para hablar de los avances, las oportunidades o el futuro político, económico y social de África. Hay que cambiar la narrativa sobre África, porque en muchas ocasiones es sesgada y simplista, crea confusión y no permite conocer una realidad tan diversa y compleja, y tan ligada a nuestra propia existencia. Como digo siempre, hay que “abrir foco” con África —en cantidad y en calidad informativa—, y dar a África la importancia que merece para que nuestras sociedades europeas dejen de ver al continente africano como una tierra lejana y extraña, y —desde la proximidad y el conocimiento— tomen conciencia de que nuestros futuros están absolutamente unidos.

A pesar de la diversidad geográfica, étnica y religiosa del continente, ¿por qué es África el lugar donde más rápido ha proliferado la militancia en la yihad global?

Por una razón dramática pero muy clara: los movimientos yihadistas han encontrado el escenario perfecto para crear sus “santuarios”, desde donde proyectan su campaña de terror que persigue —con muchos matices— la expansión del extremismo islamista que, por otra parte, nada tiene que ver con la práctica y tradición religiosa de la inmensa mayoría de los africanos. Además, y tras el declive de la yihad global en el norte de África —a excepción de Libia— y Oriente Medio, los grupos extremistas se expanden ahora por el África Subsahariana, fundamentalmente al norte del Ecuador, hasta convertirla en la región del mundo donde la amenaza yihadista se expande y prolifera de forma más dañina.

<<La ausencia de buena gobernanza ha generado el ‘caldo de cultivo’ perfecto del que se nutren los yihadistas, que además no tienen prejuicio alguno en explotar la frustración social para captar adeptos a su execrable causa y radicalizarles>>

En cuanto a las condiciones que han propiciado esta situación, y aunque el debate es muy extenso y complejo, conviene destacar tres de ellos; aunque sin pretensión de generalizar, porque las amenazas —como primera premisa para articular la respuesta más adecuada— siempre deben ser bien contextualizadas. En primer lugar, muchos gobiernos africanos —Mali, Níger o Nigeria son casos paradigmáticos— no tienen control sobre la totalidad de sus territorios soberanos y tampoco sobre sus fronteras, lo que ha provocado que las milicias yihadistas puedan asentarse fuera del poder estatal y dominar importantes núcleos de población, que —por dejadez o ineptitud de sus dirigentes— no tienen sentido alguno de pertenencia nacional. Por otro lado, la frustración y el desarraigo, el subdesarrollo y la falta de expectativas de vida, o la carencia de seguridad y justicia, han provocado que muchos africanos —especialmente jóvenes— se “unan a la causa extremista y violenta”, en muchas ocasiones por el terror y la intimidación que provocan, pero también porque lamentablemente perciben que es su única forma de supervivencia. Por último, y muy ligado a todo lo anterior, la conexión de los grupos yihadistas con el crimen organizado y con todo tipo de tráficos ilícitos les proporciona fuentes ingentes de financiación, que además de garantizar su propia existencia les permiten ejercer una suerte de “acción social” entre la población, que recibe de los yihadistas lo que sus instituciones estatales no les dan.

En conclusión, la inestabilidad política, social o económica en muchos países africanos; la ausencia de instituciones estatales sólidas; las carencias operativas de las fuerzas militares y policiales; en suma, la ausencia de buena gobernanza ha generado el “caldo de cultivo” perfecto del que se nutren los yihadistas, que además no tienen prejuicio alguno en explotar la frustración social para captar adeptos a su execrable causa y radicalizarles. Por todo ello, cada gobierno nacional debe reforzar sus propios parámetros de estatalidad, pero ninguno de ellos va a poder erradicar en solitario esta terrible amenaza —al menos en el corto o medio plazo—; por lo que es necesario incrementar la cooperación regional, desde una estrategia integral y coordinada, y que la comunidad internacional se comprometa aún más con una alarmante situación que nos atañe a todos, dentro y fuera de África.

El grupo terrorista somalí Al Shabaab y el autodenominado Estado Islámico de Somalia están combatiendo por el liderazgo local. ¿Es esta situación fruto de un de un enfrentamiento entre DAESH y Al-Qaeda por la imposición de un “rigorismo salafista” en la región de África Oriental?

El yihadismo en Somalia ha demostrado una resiliencia sin parangón en todo el continente africano. A pesar de haber perdido gran parte de su poder territorial en 2016, en los dos últimos años ha resurgido con fuerza y ha aumentado su capacidad para lanzar ataques contra las fuerzas africanas de AMISOM [Misión de la Unión Africana en Somalia] y el ejército somalí, además de incrementar su campaña de asesinatos selectivos contra políticos y empresarios, especialmente en Mogadiscio. En la actualidad, Al Shabaab sigue siendo la mayor amenaza contra la seguridad en Somalia y un inmenso obstáculo para la reconstrucción del estado somalí. Su capacidad de recuperación se sustenta en su capacidad de financiación a través de una inmensa y coordinada red de cobro de impuestos en todas las áreas que controla, especialmente en el centro y sur del país; pero también porque sigue suplantando al Estado, especialmente en el ámbito del orden y la justicia, en aquellos lugares donde la presencia gubernamental es inexistente. La coacción y el miedo, provocados por la implantación rigurosa de la ley islámica, siguen determinando que parte de la población no tenga otra opción de supervivencia que rendirse a los designios de los extremistas violentos; porque además perciben que desde Mogadiscio son incapaces de garantizar su seguridad y gobernanza. En este escenario, a pesar del esfuerzo de AMISOM y de los militares y policías somalíes —con el apoyo de los ataques aéreos estadounidenses—, el número de ataques terroristas y víctimas mortales en Somalia se incrementó notablemente en 2018, y este 2019 también está siendo un año especialmente trágico.

<<La coacción y el miedo, provocados por la implantación rigurosa de la ley islámica, siguen determinando que parte de la población no tenga otra opción de supervivencia que rendirse a los designios de los extremistas violentos>>

Por otro lado, y para agravar aún más el panorama de seguridad somalí, desde hace unos años estamos asistiendo a una lucha entre las dos facciones yihadistas presentes en este país africano: la omnipresente y poderosa Al Shabab, filial de Al Qaeda, y la milicia leal a Daesh, autoproclamado Estado Islámico de Somalia y que surgió como una escisión del anterior en 2015. Este último grupo yihadista está localizado fundamentalmente en el norte de Somalia, en la frontera entre Putland y Somalilandia. Su entidad —se estima en unos 300 yihadistas— es muy inferior a la de Al Shabab, que aún puede contar con más de 3.000 extremistas en sus filas; y que está atacando de forma sistemática las posiciones del grupo vinculado al Estado Islámico y ejecutando a sus partidarios. Ambos grupos tienen como principal objetivo dinamitar cualquier atisbo de gobernabilidad en Somalia, como mejor forma de seguir controlando zonas donde ejercer su dominio e implantar el más severo y violento rigorismo islamista, que nada tiene que ver con la forma de vivir el Islam del pueblo somalí.

La Unión Europea despliega dos misiones militares en Somalia: Operación Atalanta y EUTM Somalia que, junto a la misión civil EUCAP Somalia, se centran, entre otras cuestiones, en dotar al Gobierno de Somalia de una estrategia de seguridad que permita al ejecutivo del país garantizar la protección de sus ciudadanos en el año 2021. ¿En qué estado se encuentran estas misiones? ¿Cree que será posible alcanzar esta meta en dicha fecha?

Hace ya más de una década que la Unión Europea decidió involucrarse de forma directa en la reconstrucción de Somalia, hundida en el caos y la violencia desde 1991 tras la caída del dictador Siad Barre. La violencia sigue muy presente en prácticamente todo el país, y por ese motivo el principal objetivo de toda la comunidad internacional —con especial compromiso de la Unión Europea— sigue siendo que el gobierno somalí y sus fuerzas militares y policiales puedan garantizar de forma autónoma la seguridad de toda la población y la integridad de su territorio de soberanía; y, como usted señala, en el plazo acordado en el Plan de Transición: diciembre de 2021.

Las dos misiones militares de la Unión Europea, junto con la misión civil EUCAP Somalia, están centradas en colaborar en la reforma del sector de seguridad somalí, y todas ellas son complementarias en el marco del enfoque integral de la política de defensa y seguridad común europea hacia los desafíos que enfrenta Somalia.

<<A pesar de la enorme cooperación internacional y de los muchos avances conseguidos hasta la fecha, resulta complicado que Somalia pueda hacerse cargo de su propia seguridad a finales de 2021>>

El primer despliegue europeo fue la operación naval Atalanta en 2008, con el objetivo de erradicar la piratería en el Golfo de Adén, proteger la distribución de la ayuda humanitaria y asegurar las rutas marítimas. Atalanta es hoy una historia de éxito, pero la piratería sigue siendo una amenaza para el país y toda la región hasta que el gobierno somalí no pueda ejercer el control efectivo y absoluto sobre sus costas. Por su parte, y desde 2009, EUTM Somalia se focalizó en la formación y adiestramiento del ejército nacional, primero en Uganda y desde 2014 en Mogadiscio. En todos estos años, esta misión ha evolucionado de forma muy destacada, y ahora su principal cometido es asesorar al Ministerio de Defensa y al Cuartel General de las Fuerzas Armadas para que sean capaces de liderar y afrontar la necesaria reforma del sector de la Defensa y, con ello, contribuir a la protección de la población y de todo el territorio soberano de las muchas amenazas que aún enfrenta. Por último, EUCAP Somalia tiene como principal cometido dotar a Somalia de una capacidad autónoma para la aplicación de la ley civil marítima en todo Somalia.

Sin embargo, a pesar de la enorme cooperación internacional y de los muchos avances conseguidos hasta la fecha, resulta complicado que Somalia pueda hacerse cargo de su propia seguridad a finales de 2021. Aún son muchos los desafíos que enfrenta el país, no solo en términos de amenazas tangibles como el yihadismo y otras reticentes luchas armadas, sino también en cuanto al desarrollo de un proceso político que garantice la viabilidad del Estado sobre la base del régimen federal que han acordado, y que es la condición imprescindible para llegar a la autosuficiencia en todos los ámbitos. En mi opinión, será necesario replantearse algunos aspectos del plan de Transición, en especial en cuanto a los plazos temporales, pero manteniendo la presión sobre el gobierno de Somalia para que siga comprometido con la reconstrucción política, económica y social del país, y con la consecución de un país seguro, estable y sostenible.

¿Cuál es la labor de los militares españoles en las misiones internacionales EUTM Somalia y la Operación Atalanta?

Desde el lanzamiento de la primera misión de la Unión Europea en 2003, España ha estado y está presente en todas las operaciones y misiones militares; y este compromiso no solo es muy importante en términos cuantitativos —España es hoy el mayor contribuyente de fuerzas de la Unión Europea— sino también por la trascendencia de los puestos que ocupa. Este es el caso de EUTM Somalia, donde despliegan 22 militares españoles —el segundo mayor contingente después de Italia— y nos conformamos como un país clave dentro del esfuerzo común de la Unión Europea. En cuanto a la Operación Atalanta, España fue un gran valedor para su despliegue dentro de la Unión Europea en 2008; ha contribuido de forma permanente con buques y aviones de vigilancia; y, desde marzo de este año, lidera la operación desde su Cuartel General en Rota (Cádiz), además de desplegar un oficial de enlace en Mogadiscio.

Un militar español instruye a soldados somalíes. EMAD

En EUTM Somalia, militares españoles de los Ejércitos de Tierra y Aire y la Armada participan de forma destacada en la dirección de la misión, en el asesoramiento y en el adiestramiento de las unidades somalíes, así como en la gestión de las instalaciones del centro de instrucción en Mogadiscio. Respecto al desarrollo del Ministerio de Defensa y Estado Mayor de la Defensa somalíes, los oficiales españoles participan en dos áreas clave de asesoramiento: política de Defensa y Logística, lo que contribuye a asegurar el planeamiento, conducción y sostenimiento de las Fuerzas Armadas de Somalia y sus operaciones militares; al tiempo que refuerzan la necesaria subordinación efectiva al poder civil de toda la estructura de Defensa. Por último, cabe mencionar la destacada participación de los oficiales españoles que representan a la Unión Europea en el marco del foro internacional de coordinación, denominado “Strand 2A”, donde se realiza el seguimiento del desarrollo de todos los proyectos relativos a la Defensa, siempre bajo la aprobación y supervisión del gobierno de Somalia.

En cuanto a la operación Atalanta, y como ya he referido, España es nación líder y el mayor contribuyente desde que esta misión marítima iniciase su singladura. Además, el oficial de enlace español destacado en Mogadiscio se responsabiliza, entre otros asuntos, de la necesaria coordinación y cooperación con las otras dos misiones de la Unión Europea para consolidar el enfoque integral y la complementariedad del esfuerzo europeo en Somalia y, por extensión, en el Cuerno de África.

Personalmente, ¿cuál ha sido su misión exterior más compleja y por qué?

Todos los escenarios que enfrentan las Fuerzas Armadas españolas en sus misiones en el exterior son extremadamente complejos, porque se trata de llevar paz y estabilidad a una población y un territorio castigados por altos niveles de conflictividad, por el terrorismo yihadista o, en algunos casos, por crisis humanitarias. En cuanto a mi propia experiencia, y aun siendo muy diferentes, todas mis misiones en el exterior han sido tan complicadas como satisfactorias, tanto a nivel profesional como personal. Pero destacaría la última de ellas: EUTM Somalia, porque es muy reciente y porque mi cometido como asesor de política de Defensa ha supuesto un importante desafío. Durante ocho meses, todo mi esfuerzo se ha centrado en colaborar en la construcción de algo tan esencial y complejo para un país como su sector de seguridad, y esta responsabilidad —junto con el apoyo de todos mis compañeros nacionales e internacionales— ha sido mi principal incentivo.

El expresidente de Sudán, Omar Al Bashir, está siendo juzgado por corrupción en Sudán, a pesar de que la Corte Penal Internacional ha dictado dos órdenes de detención por crímenes de guerra y de lesa humanidad. ¿Cabe la posibilidad de que Al Bashir eluda la justicia internacional?

Las dos órdenes de detención contra Al Bashir dictadas por la Corte Penal Internacional (CPI) en 2009 y 2010 sentaron un precedente único en el ámbito judicial mundial, pues han sido las únicas emitidas contra un jefe de Estado en ejercicio, aunque esta condición, como señalaba la acusación, no le excluía de su responsabilidad criminal ni le otorgaba inmunidad. Durante estos diez años, el derrocado presidente ha conseguido eludir la justicia internacional y en muchas ocasiones con la connivencia de otros dirigentes nacionales que no han permitido su detención cuando visitaba sus respectivos países —Chad, Kenia, Nigeria o Sudáfrica, entre otros—, a pesar de ser firmantes del Estatuto de Roma.

<<Algunos dirigentes militares muy cercanos a Al Bashir, aún con mucho poder, no tienen ninguna intención de enviarlo a La Haya porque ellos mismos podrían ser investigados y juzgados por la propia Corte Penal Internacional>>

Ahora, tras su deposición se abre un nuevo escenario, pero —a tenor de las primeras declaraciones de los dirigentes del extinto Consejo Militar— va a ser difícil que veamos al menos las atrocidades cometidas durante su mandato, según el acto judicial. Como señalan muchos expertos en Derecho Internacional, las posibilidades de que sea procesado son escasas, aunque también subrayan que los rápidos cambios en el país hacen recomendable que el tribunal se prepare para un eventual juicio. Por otro lado, algunos dirigentes militares muy cercanos a Al Bashir, aún con mucho poder, no tienen ninguna intención de enviarlo a La Haya porque ellos mismos podrían ser investigados y juzgados por la propia CPI.

Omar Al Bashir, expresidente de Sudán. France 24

El actual juicio contra el expresidente por corrupción y posesión ilegal de divisas en su propio país es una excelente noticia, y seguramente también tendrá que enfrentarse a otros cargos por la represión de los manifestantes durante la protesta social que comenzó el pasado diciembre. Sería transcendental que este proceso judicial continuase en La Haya, pero esto va a depender de que las nuevas autoridades de Sudán decidan que Al Bashir sea también procesado por los execrables crímenes internacionales de los que se le acusa.

¿Cuál es el legado que el expresidente Al Bashir ha dejado en Sudán?

Complicado resumir en pocas líneas el desastroso legado de la autocracia de Al Bashir, pero lo que es indudable es que es el mayor responsable de la situación actual de Sudán, que ha liderado con mano férrea desde 1989. Ha dejado un país destrozado económicamente, con una de las mayores deudas externa del mundo y donde la corrupción ha sido el común denominador de la política nacional y de las instituciones estatales; con unos niveles de miseria y subdesarrollo insondables: el 40% de la población (casi 20 millones de sudaneses) vive por debajo del umbral de la pobreza. Todo ello a pesar de la reserva ingente de petróleo con la que contaba el país, que a finales de los noventa le convirtió en una de las mayores potencias petroleras de África. Pero la distribución de tanta riqueza nacional nunca alcanzó a la población, y la independencia de Sudán del Sur en 2011 —que se quedó con casi el 90% de las zonas de explotación— fue el detonante final de la grave crisis económica que actualmente sufre Sudán.

Sin embargo, y porque la economía siempre puede mejorar, su legado más execrable e imborrable es que ha dejado un país masacrado por la violencia —cientos de miles de muertos, y millones de desplazados y refugiados por numerosos conflictos en todo el país desde su llegada al poder—; y donde la represión militar y policial ha sido siempre la respuesta a cualquier conato de reclamo social por la libertad y el buen gobierno. A pesar de tanto sufrimiento, nada ha sido suficiente para frenar las ansias de reforma y cambio de la población sudanesa, que finalmente ha conseguido derrotar de forma pacífica al dictador e intenta ahora sentar las bases para reconstruir un Sudán pacífico, próspero y democrático. Sin duda, los sudaneses se han convertido en un claro y buen ejemplo para otras muchas poblaciones africanas, que aún siguen viviendo bajo el yugo del mal gobierno, la desigualdad o la violencia endémica.

¿Qué se puede esperar del recién creado Consejo Soberano en Sudán?

Aunque es complicado aceptar esta premisa, hay que esperar todo de este Consejo Soberano, porque es producto de un muy complicado acuerdo entre los dirigentes del régimen dictatorial de Al Bashir y el movimiento civil —liderado por Fuerzas por la Libertad y el Cambio— que consiguió derrocarlo. Hoy, este órgano es la única posibilidad viable de cerrar 30 años de opresión, violencia e ignominia. En los próximos tres años y tres meses, este órgano político de transición —cinco militares y cinco civiles, además de una presidencia rotatoria militar y civil— tiene la responsabilidad de dirigir y estabilizar el país, pacificar las zonas aún en conflicto —Darfur, Kordofán del Sur y Nilo Azul— y, como base para el futuro nacional, instaurar un régimen democrático, que debe comenzar con una convocatoria electoral al final de su mandato.

La mera composición de este Consejo es tremendamente compleja, porque va a ser muy difícil y duro que los representantes de la revolución social, que se ha cobrado la vida de más de 250 personas desde diciembre de 2018, lleguen a acuerdos con el general Mohamed Hamdan Dagalo “Hemedti”, antiguo jefe de las milicias Janjawid —causantes de las masacres en Darfur entre 2003 y 2008— y después comandante de las Fuerzas de Apoyo Rápido —acusadas de la matanza de civiles del pasado 3 de junio frente al Cuartel General de las Fuerzas Armadas en Jartum—. Sin duda, su presencia puede paralizar una de las aspiraciones más legítimas de la población sudanesa y una condición innegable para restañar las heridas: que se investiguen todos los crímenes acaecidos en Sudán, no sólo durante la larga dictadura de Al Bashir, sino también las muertes provocadas por la represión militar y policial durante la revuelta social, y que los culpables —aunque no pueda ser de forma inmediata— comparezcan ante la justicia.

<<Lo que ha ocurrido en Sudán —gracias a una revolución social pacífica y muy sufrida, pero cada vez mejor organizada— es quizás uno de los hitos políticos y sociales más importantes que han acontecido en África en el presente siglo>>

Lo que ha ocurrido en Sudán —gracias a una revolución social pacífica y muy sufrida, pero cada vez mejor organizada— es quizás uno de los hitos políticos y sociales más importantes que han acontecido en África en el presente siglo. Se ha abierto un nuevo tiempo en Sudán, que seguro traerá momentos muy convulsos hasta la consolidación de un nuevo régimen. Aunque todos compartimos que lo deseable hubiese sido la instauración inmediata de un gobierno civil tras la deposición de Al Bashir, el diálogo entre aquellos que han dirigido el país por décadas —no solo militares, sino también líderes religiosos y agentes empresariales— y los dirigentes civiles es imprescindible para garantizar una transición política sin excesivos sobresaltos ni interrupciones, así como para afrontar la reforma integral de todas las instituciones estatales.

Todos van a necesitar grandes dosis de pragmatismo, estoicismo y equilibrio para transformar Sudán. En esta andadura, deben contar con el apoyo de la comunidad internacional —especialmente la africana— y, al mismo tiempo, impedir la injerencia espuria de aquellos países que, durante décadas, han mantenido en el poder al derrocado Al Bashir.

Usted conoce Sudán del Sur —el estado más joven del planeta—, que se encuentra en un proceso de paz desde 2018. ¿Este acuerdo de paz puede ser efectivo para conseguir crear un ejecutivo que tenga capacidad de gobernar sobre todo el territorio sursudanés a pesar de la crisis humanitaria que vive el joven estado?

Desde la firma del Acuerdo de Paz de 2005, que finalmente convirtió a Sudán del Sur en un país soberano en 2011 tras décadas de opresión y violencia ejercida desde los distintos gobiernos de Sudán, había preocupantes “evidencias” de que todo podía salir mal tras la independencia, como así fue. La muerte en accidente de helicóptero —aún sin esclarecer— del líder rebelde John Garang dejó totalmente huérfano al proyecto de construcción estatal, que quedó en manos de dos legendarios adversarios: Salva Kiir, actual presidente, y Riek Machar, vicepresidente hasta diciembre de 2013 cuando fue destituido, acusado de un presunto golpe de Estado. Estalló de nuevo la guerra entre sus respectivas milicias, pero ahora con el propio ejército nacional como parte en la contienda armada.

Salva Kiir y Riek Machar. BBC

El país se hundió en el más absoluto caos y desgobierno, en el que aún continúa, y este dramático y violento escenario es la clara constatación de que estos dos dirigentes sursudaneses nunca han estado a la altura de las circunstancias. Han mostrado un total desprecio por su población —más de 400.000 muertos, cuatro millones desplazados o refugiados y 7 millones enfrentados a una hambruna extrema— y han desgarrado la producción del petróleo: un recurso nacional en cantidad más que suficiente para garantizar el bienestar de sus apenas 12 millones de habitantes. Como he mantenido desde hace años, Kiir y Marchar solo conocen el poder de las armas como recurso para esgrimir sus diferencias, y la población indefensa —hastiada ya de su insalvable rivalidad— siempre ha sido su principal víctima. Hoy me ratifico en lo dicho: es necesario que ambos den un paso atrás y permitan que otros dirigentes afronten la construcción de un Estado soberano.

<<Todavía no hay razones tangibles para vislumbrar este escenario de seguridad y democracia efectivas, pero […] la comunidad internacional debe mantenerse muy vigilante para que este proceso de paz sea el definitivo>>

Con todo, Sudán del Sur lleva inmerso en una guerra fratricida desde hace seis años, aunque ahora de menor intensidad. Y es cierto que todas las esperanzas están en la implementación del último Acuerdo de Paz de 2018, firmado en Jartum ante una destacada presencia internacional, especialmente africana. Sin embargo, conviene recordar el fracaso de las negociaciones de paz de 2015, que concluyeron con la reanudación de las hostilidades en apenas unos meses; y que esto sirva como acicate para incrementar la presión y apoyo internacional —dentro y fuera de África— y conseguir que esta vez se abra una expectativa cierta para un futuro democrático, pacífico y próspero para Sudán del Sur. Aunque las negociaciones son permanentes y Naciones Unidas confirma que los combates han disminuido y se está facilitando el acceso humanitario, aún no se ha formado el gobierno de transición, en el que Kiir y Marchar seguirán siendo las máximas autoridades: una condición imprescindible para que, tal y como han acordado, comience la reintegración de todas las milicias en unas fuerzas armadas conjuntas y, más importante aún, que se asiente el proceso político que conduzca a la celebración de elecciones democráticas en un plazo de tres años. Todavía no hay razones tangibles para vislumbrar este escenario de seguridad y democracia efectivas, pero —a sabiendas de que es la única garantía para la viabilidad estatal de Sudán del Sur— la comunidad internacional debe mantenerse muy vigilante para que este proceso de paz sea el definitivo.

¿Hay riesgos de que Sudán del Sur se convierta en un “estado fallido”?

Si atendemos a los parámetros que establece Fund for Peace para definir un “estado fallido”, Sudán del Sur es uno de los ejemplos más palpables y trágicos del mundo. De hecho, desde que entró en el ranking de esta fundación en 2013, se ha mantenido en cabeza, solo superado por Yemen y Somalia en 2019. En la actualidad, este país —aunque solo se puede considerar así por el reconocimiento internacional que siguió a su independencia— aglutina un fracaso social, político, y económico descomunal, del que un gobierno débil o ineficaz —con vastas extensiones de su propio territorio está fuera de su control— es responsable directo. Pero lo más grave —y como condición primigenia para garantizar la estatalidad— es que sólo no ostenta el monopolio en el uso legítimo de la fuerza, sino que sus dirigentes han diezmado y sometido a su propia población con una violencia desmedida. Más allá de las clasificaciones, las dramáticas cifras del sufrimiento humano que destacaba anteriormente, son el mayor ejemplo del desgobierno y la anarquía política que está dinamitando el futuro, por el que la población de Sudán del Sur lleva esperando demasiado tiempo.

Acerca de Miriam González

Periodista especializa en Rusia y el espacio postsoviético. Magíster en Comunicación de la Defensa y los Conflictos Armados. Máster en Fenomenología Terrorista y Máster en Estudios Internacionales.
Hablo inglés, ruso y galego.

Reader Interactions

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *