LIBIA: Frente local de un conflicto regional. El bloque de Turquía y Qatar.

Por Iñaki Méndez.

La guerra que azota Libia ha vuelto a saltar a la palestra ante los esfuerzos de Turquía y Qatar por frenar la ofensiva de las tropas comandadas por el mariscal Haftar.

Lo que de un primer vistazo se podría considerar un esfuerzo legítimo por parte de un gobierno para hacer respetar la voluntad de la comunidad internacional. En realidad oculta un intento desesperado de Turquía, y en menor medida de Qatar, por sostener uno de los pocos gobiernos afines en el espacio geográfico que comprende Oriente Medio y el Norte de África.

Lejos quedan los años de esplendor, tras las primaveras árabes, en los que el bloque turco-qatarí influía sobre diversos gobiernos del Magreb, el Sahel y la costa occidental del Mar Rojo. Los tiempos en que daba la sensación de que Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos (EAU) estaban cercados.

Y es que el apoyo de Turquía y Qatar a la Hermandad Musulmana y a otras organizaciones rayanas lo criminal, el mantenimiento de relaciones diplomáticas con Irán, y los intentos de subvertir el orden en varios países del Golfo Pérsico han supuesto una fuente inagotable de conflictos diplomáticos entre ambos bloques.

Llegados a este punto hay que decir que Turquía y Qatar comparten una misma agenda política que explota la existencia de grupos islamistas, y en particular de las redes tejidas por los Hermanos Musulmanes.

Derivado de esta convergencia de intereses e incluso, de ideología, el rol que cada país está jugando en Libia es complementario: Turquía es quien está dando la cara y poniendo la carne en el asador: mercenarios sirios, envíos de armamento y despliegue de sus propias fuerzas armadas.

Entretanto, Qatar que no deja de ser un país pequeño que no se puede permitir grandes despliegues militares, está encargándose sobre todo de la parte financiera, suministrando dinero con el que sufragar el esfuerzo de su aliado turco.

Ministerio de Finanzas de Qatar.

Además, diplomáticamente y en el plano comunicativo, Qatar tiene una buena posición que usa para facilitar su intervención conjunta en Libia.

En consonancia con la amenaza, la respuesta de Arabia Saudí y EAU fue contundente: dar apoyo económico, político, militar y diplomático a toda organización, movimiento o gobierno que se enfrentase a aquellos que recibían el apoyo de Doha y Ankara.

El más importante de los pasos dados por los dos aliados fue atraerse a Egipto apoyando el golpe del mariscal Al Sisi frente al gobierno islamista que había surgido de las urnas tras la Primavera Árabe, lo que mejoró su posición regional.

Por lo que respecta a Libia, el apoyo internacional generalizado al derrocamiento de Gadafi tapaba la agenda política de grupos yihadistas, milicias y de los Hermanos Musulmanes financiados por Qatar, así como un ignorante desconocimiento de lo que implicaba desestabilizar un país capaz de absorber las olas migratorias del Magreb.

Con el transcurso de los meses, la caída del dictador libio, además de un periodo de inestabilidad de varios años que desembocó en la guerra civil actual, supuso el saqueo de los arsenales del ejercito libio y su envío tanto a la guerra civil siria como al infructuoso proceso de autodeterminación del norte de Mali.

Para Qatar, estas turbulencias políticas supusieron, por un periodo de un par de años, el tener como aliados a los gobiernos de los países del Magreb Oriental, así como tejer complicidades con los del Sahel al dotar de armas y vehículos a sus ejércitos y realizar donaciones económicas a cambio de influir en las decisiones de sus gobiernos.

Sin embargo, el derrocamiento de Al Mursi en Egipto y las elecciones parlamentarias libias de 2014 dieron al traste con la estrategia qatarí.

En el nuevo parlamento los candidatos vinculados con la Hermandad Musulmana, y por tanto con Qatar, resultaron ser minoritarios, así que optaron por no disolver la legislatura previa, dando lugar a una duplicidad de instituciones y finalmente a la guerra civil.

Los contendientes no tuvieron que esperar mucho tiempo para encontrar aliados internacionales, ya que Qatar y Turquía pronto tendieron un puente aéreo con escala en Sudán para enviar a armas y evacuar a los milicianos heridos partidarios del gobierno islamista radicado en Trípoli.

A la vez, el gobierno de Tobruk recibió apoyo político saudí y militar por parte de aviones de combate egipcios y emiratíes.

Libia se sumió en un caos de tal magnitud que dio a lugar a guerras paralelas entre tribus rivales, grupos étnicos que desde tiempo atrás se disputaban los mismos territorios y la irrupción de un Dáesh que con sus brutales métodos se hizo con una porción considerable de la costa, lo que empujó a las Naciones Unidas a mediar para finalizar el conflicto.

A finales de 2015 se llegó a un acuerdo por el que el parlamento de Tobruk pasaba a ser el legítimo, el islamista se transformaba en consejo de Estado y se formaba un nuevo gobierno encabezado por Fayez al Sarraj con sede en Trípoli. Fue rechazado por ambas partes, prolongando la guerra hasta la actualidad.

Mercenarios sirios del FSA desplegados en Libia. Su moral de combate es presumiblemente baja.

Por el camino y durante los 4 años siguientes, los valedores del gobierno de Trípoli han perdido posiciones a marchas forzadas tanto en la orilla occidental del Mar Rojo como en el Sahel y Oriente Medio, imposibilitando el puente aéreo vía Sudan y limitando los apoyos militares a mercenarios chadianos.

Lo anterior ha permitido el avance constante de las tropas que defienden el parlamento de Tobruk, logrando entrar en Sirte y los suburbios de Trípoli a comienzos de 2020.

Los últimos acontecimientos han acelerado la sumisión del GNA a Erdogan a cambio del envío de sistemas de misiles, soldados y milicianos que combatían en Siria con lo que se busca presentar una posición de relativa fuerza en la reanudación de las negociaciones de paz.

Sin embargo, la negativa del mariscal Haftar de aceptar los términos acordados en Moscú, el bloqueo a los puertos desde donde sale el petróleo libio el día previo al comienzo de la Conferencia de Paz de Berlín y las amenazas de Erdogan sobre la resurrección del terrorismo hacen presuponer que el GNA podría estar cerca de ser fagocitado por los islamistas apoyados por Turquía y Qatar.

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